Cuando escuchando el pasado 18 de mayo a las personas debatir en la televisión acerca del país, del peronismo y de Cristina. Dentro aclaro, de la variable gamma de opiniones, mayoritariamente favorables a esta última y de como poner a una considerada corrupta y parcializada Corte Suprema de Justicia y su Partido Judicial, servil herramienta del capital concentrado sea industrial y agrario y sus maniqueos supervisores, siempre ubicables, allende los límites del imperio anglosajón.
Arando sobre campos ya roturados, escucho una voz que me hizo levantar la mirada a la pantalla y vi entonces con el mameluco moderno a un proletario gritar con un dejo de angustia presurosa, “…pongámonos a la altura de las circunstancias históricas y si es necesario hagamos un nuevo 17 de octubre como lo hicieron nuestros viejos compañeros…”. Como era de esperar ningún sesudo periodista progresista tomo la frase y la puso en valor, la insufrible Mengolini entre otros; lo que ese proletario dijo, es justamente lo que muchos corazones curtidos por años de lucha, de amor, de veneración y plagado de traiciones por parte de una dirigencia que, desde Isabel en más, se caracterizó por un rígido formalismo partidista, que tanto detestaba el Gral. Perón, y que prefirió el saco y la corbata a la sutil campera, y que busco en billeteras gordas como apagar la vergüenza de la defraudación cometida a esas mayorías necesitadas de veracidad política y conducción.
Ahí cerré el circulo, Néstor y Cristina que habían rescatado parte sustancial del legado peronista, abandonado a fuerza de desapariciones, muertes y, como resultado de idearios neoliberales que permearon a la dirigencia peronista en igual o mayor cuantía que a la radical como bien lo define Mari Stella Svampa. Pero ni Néstor era el héroe troyano, ni Cristina es la ungida de Dios, fueron y son brillantes dirigentes, que dieron muchos pasos, pero no todos. Indudablemente camino a una concepción superadora de lo que debe ser un estado democrático.
Necesitamos de una Cristina, por su fortaleza y sus humanos temores, por su claridad conceptual y porque describe la realidad como esta es, por esto no inventemos más frases o palabras que sacan de contexto a quizás se piense igual o no a una mujer dotada de una ductilidad para la política pocas veces vista. Claro no es Eva, nadie podría ser Eva, porque Evita era una llama que se auto consumía para poner las cosas en su justo lugar. Tampoco es Perón, ese león no tan herbívoro, tan pragmático y tan oscilante y ambiguo a veces, pero con un claro proyecto de país. Cuyo único error, compartido con Miranda y creo con Cafiero fue no profundizar en la industria de bienes de capital, y de infraestructura pesada, pero claro salíamos de un conflicto mundial, con otra guerra probable a la vista, la que llego cuatro años después de ser derrocado y con necesidades durante mucho, demasiado tiempo postergadas; por los hacedores del estado nacional moderno, aquel que nace entre las cenizas y la sangre de Caseros, donde prima un Estado Moderno en su mejor acepción, pero elitista y de pocos, donde los muchos si bien llamados ciudadanos seguían siendo serviles, exceptuando los interregnos de Hipólito Irigoyen con sus más y sus menos.
La urgencia del peronismo originario fue demoler esas cadenas, y darle movilidad social ascendente a una sociedad que además debía reconvertirse desde un país agro pastoril, y lo hace, dejando de lado la deuda que le imputo y que queda borrada en la crisálida de la Constitución de 1949. Ese es el peronismo real, el que nació un 17 de octubre mientras los dirigentes gremiales llamaban a movilizarse el 18 y no por Perón. Ser peronista es estar orgulloso de esos pies que se mojaron y cruzaron el Riachuelo y en la Plaza histórica, que se refrenda en los basurales de José León Suarez, en tantos caídos antes del Retorno y a los caídos luego de este. Y el que no escatimó militantes en la orgía de sangre que llevaron a cabo bajo la bastardilla de Martínez de Hoz, bajo la gran batuta de Henry Kissinger, y que hoy hijos e hijas de estas políticas neoliberales infames han puesto a esta orgullosa Nación de rodillas y le hace padecer a sus hijos e hijas toda clase de pesares, con disfraces o no peronistas.
Y aquí estamos, dirigentes aislados; unos pocos buenos y desorientados, una gran masa expectante como desconcertada que se pregunta donde quedaron las calles que antes llenábamos vistiéndolas de celeste y blanco, de alegría, de esperanza y de amor por esta tierra, nuestra tierra. ¿Cuándo pondremos en su lugar a supremos, ladrones de guante blanco, chupatintas serviles y sicarios inalcanzables?
La respuesta está en volver a vestirse y consustanciarse con la mística peronista, y no se tome como un dislate, porque el peronismo, como el comunismo real, tiene su mística, sus celebraciones y sus fechas, su cuerpo teórico y su magna experiencia histórica.
Decía recuperar la mística, que es recuperar nuestro movimiento, que es recuperar nuestras banderas y que es reconquistar el poder, y ¿Cómo? Con el pueblo con la clase trabajadora en el centro y a la cabeza, el resto es producto de alambiques inconducentes.
Oscar J Troisi
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